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Imagen de desplazamiento, desinformación, pobreza y clima. El Man del Clima

Uno de los mayores obstáculos que tiene el campo colombiano para su desarrollo es la pobreza, los cultivos ilícitos, vistos como un competitivo y rentable, el desplazamiento de los jóvenes campesinos a las ciudades donde encuentran mayores ingresos en menos horas de trabajo no forzado, la falta de voluntad politica por parte de las autoridades territoriales para invertir en las grandes necesidades básicas campesinas como la calidad de vías, vivienda, educación y salud rural, la pérdida de productividad de sus suelos cultivables, el acceso a la propiedad de la tierra, el acceso al agua y el clima actual.

De acuerdo con Carlos Gustavo Cano, codirector del Banco de la República, el 45,5 % de la población residente en el área rural dispersa se clasificó como pobre, según el índice de pobreza multidimensional (IPM) ajustado y publicado en el tercer Censo Nacional Agropecuario (Dane, 2015). Estos datos se desprenden del libro publicado el año pasado por el Banco de la República y la Corporacion Andina de Fomento –CAF-, y en donde concluye que la productividad agrícola colombiana, es una de las más bajas del continente americano. Una de las grandes causas de esta situación, de acuerdo al estudio, ha sido el conflicto armado que contribuye al atraso del sector rural en materia económica y social, trayendo como consecuencia la exclusión financiera, donde la falta de plata en las zonas rurales incrementa las brechas del campo y genera en los productores, en especial, a los medianos y pequeños, el rezago tecnológico y un precario acceso al conocimiento vital para el desarrollo de sus cultivos.

Imagen de Desarrollo de cultivos en Colombia. El Man del Clima

El desconocimiento sobre las condiciones climáticas actuales en el campo es total. De acuerdo al Dr. Cano los impactos del clima se notan en las “agudas alteraciones de los regímenes de lluvias, caída de los niveles freáticos, derretimiento de glaciares, deterioro de páramos —que constituyen en Colombia las principales “fábricas” de agua—, degradación de cuencas y humedales, desertización, erosión y salinización de los suelos, la pérdida de grandes ecosistemas y de su biodiversidad”, y, como consecuencia, las alteraciones en la disponibilidad hídrica y en sus oportunidades, ya sean debidas a sequías (provocada en Colombia por fenómenos como El Niño) o inundaciones (por fenómenos como La Niña), u otros eventos de variabilidad extrema, que conducen hacia la carestía de alimentos, y esta, a la inflación.

El páis recuerda las pérdidas económicas y humanas que dejaron La Niña 2010-2011 y La Niña 2011- 2012, así como El Niño 2015-2016, catalogados como los más fuertes registrados, en cada una de sus categorías, donde las continuas precipitaciones por encima de los niveles históricos y la colmatación de las cuencas por efecto de sedimentación generaron las peores inundaciones nunca vistas, y donde, al revés, gracias a El Niño, los ríos alcanzaron cotas mínimas críticas nunca antes registradas, poniendo en niveles de crisis al sector hidroenergético, el agropecuario, salud y agua potable.

La alta vulnerabilidad de Colombia es obvia, no solamente por los impactos que ha dejado el clima sino por la ausencia actual de estrategias de adaptación reales que le pongan freno a las pérdidas anuales económicas de estos sectores frente a próximos eventos climáticos extremos que serán más fuertes, convirtiéndose en un permanente y significativo elemento perturbador del control de la inflación del país, llegando al doble del rango pronosticado (entre el 2 y 4 %) en los últimos 3 años.

Entonces, y de acuerdo al codirector del Banco de la República lo correcto sería implementar políticas públicas fundamentadas en la ciencia y la tecnología campesina, la innovación e inclusión financiera para el campo, la tenencia y uso del suelo cultivable y tributación ambiental para reducir sus riesgos climáticos, entre otros. Cosas que todavia las autoridades territoriales no han hecho, y que esperemos en este nuevo año, den un giro de 180 grados en una gestión pública territorial local, veredal, real y efectiva.

Ricardo Lozano – El Man del Clima

 

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